Internacionalización de las Inversiones
por Anibal Pinto
En la búsqueda de los rasgos originales de la nueva situación puede ser útil recordar la conocida imagen de Hans Singer, quién, refiriéndose a la inversión extranjera en el campo primario-exportador, sostenía que ella estaba umbilicalmente inserta en el país central que la originaba y que, en cambio, su vinculación con la nación periférica representaba un hecho de más significación geográfica que económica (46).
Este cuadro se altera profundamente en el período posterior a 1945. A medida que la inversión extranjera abandona o es desalojada de las exportaciones básicas y se va concentrando en la industria y en otras actividades, se <<internaliza>> en un grado más o menos significativo, pero sin duda mayor que en el pasado. La razón básica, de este hecho, como bien se sabe, es que las empresas pasan a depender del mercado interno para su rentabilidad y expansión, aunque continuán subordinadas al exterior por diversos conductos (importaciones de insumos y de capital, supeditación tecnológica, financieros, etc.). Por otro lado y según sean los poderes de negociación, esto estuvo acompañado de una ampliación del radio de maniobra de las políticas nacionales e incluso la emergencia de nuevas formas de vinculación con las empresas transnacionales (47).
Esa <<internalización>> tiene múltiples consecuencias importantes. Una de ellas es la mayor irradiación de sus efectos sobre las sociedades que las acogen, y que van desde la intensificación y extensión del efecto demostración y la consiguiente reproducción de las pautas de consumo de los centros transmisores hasta los reflejos sociales y políticos. Como se ha argumentado convinventemente, todos ellos han acrecentado la capacidad de cooptación de la presencia extranjera, lo que envuelve a estamentos políticos, empresariales y también de asalariados, sin contar a la población que se incorpora (o tiene la esperanza de lograrlo) al mercado de bienes de consumo característico del proceso. Paradójicamente, en consecuencia, aquella <<internalización>> deviene un resorte activador de las tendencias a la internacionalización antes comentadas.
Sin perjuicio de lo anotado, es patente que esos impulsos se contraponen con otros muy poderosos en la dirección contraria, o sea de la exclusión absoluta o relativa (y por ende conflictiva) de una parte considerable de la población periférica, variando las proporciones según las situaciones particulares de los países, como numerosos estudios han demostrado fehacientemente (48).
No hay posibilidad aquí de profundizar este tema de tanta transcendencia, pero forzoso es detenerse en una manifestación que pertenece al campo de lo nuevo en el asunto, y que tiene particular relieve para la discusión central.
Si vamos directamente a su médula cabe recordar la inequívoca vocación exportadora del esquema pretérito de inversiones, que tenía como contrapartida - y permitía - el flujo en sentido contrario representado por las importaciones y los servicios del capital extranjero.
Las nuevas circunstancias y básicamente aquella <<internalización>> mencionada, modificaron en forma radical ese circuito. transformadas las empresas internacionales en protagonistas principales de la llamada segunda fase de la industrialización sustitutiva (que sólo toma cuerpo, dicho sea de paso, en los países mayores de América Latina), la vocación importadora reempleza a la antigua inclinación exportadora.
Algunos antecedentes selectivos permiten ilustrar dicho fenómeno, si bien los mismos se refieren a los cambios posteriores de 1950; así y todo, evidencian la mutación ocurrida en el período dentro del marco general de desarrollo hacia adentro.
Si se comparan,por ejemplo, las tasas de crecimiento del producto interno y las de las importaciones de América Latina en el período 1950-1960 con las de 1965-1974 (véase el cuadro 7), se verificará que en el segundo se eleva sustancialmente la correspondiente a las importaciones frente a una expansión relativamente moderada del producto. La evoluvión se repite con mayor fuerza en los países grandes, donde se concentra la segunda etapa de sustitución, ya que el ritmo de incremento de las compras al exterior se cuadruplica.
Como es natural, esas disparidades no obedecen exclusivamente al fenómeno privilegiado. También influye, por cuenta propia, la ampliación de las transacciones mundiales y la relativa mejoría de los términos de intercambio que acontece en el segundo período (1965-1974). Sin embargo, nótese bien las tasas medias de expansión de las exportaciones son similares en ambos períodos para la región, qunque se incrementan apreciablemente para los países mayores, en gran medida por el comportamiento del Brasil. El endeudamiento externo, en consecuencia, tiene una importancia sobresaliente para la disociación en la cadencia de ambas corrientes.
La cuestión se ilumina si atendemos a cifras fragmentarias sobre las relaciones exportaciones-importaciones (y pagos financieros) en el caso brasileño, donde los fenómenos comentados se presentan con más vigor e inciden sensiblemente los conjuntos escogidos.
Un estudio realizado realizado por el Ministerio de Planificación de ese país, que se refiere a 1974 y a 115 de las principales empresas transnacionales, puso de manifiesto que el balance comercial de las mismas arrojó un saldo negativo de 2.161 millones de dolares (49), que sbe a 2.412 millones en la cuenta corriente (esto es, considerando los pagos por servicios), y que se fija en 1.731 si se consideran las inversiones y préstamos del moviemiento de cápitales. Desde el ángulo de la cuenta corriente, aquel balance equivale a la tercera parte del déficit acusado en ese año 1974 (7.286 millones) (50).
Innecesario parece destacar la transcendencia del viraje estructural de las proyecciones internas y externas de la actividad de esas corporaciones. Desde luego plantea una contradicción manifiesta entre la necesidad de divisas y los efectos <<hacia adentro>>, sobre el nivel y composición de la demanda nacional, que acicatea las importaciones. Por otro lado, implica un obstáculo evidente para el curso de la internacionalización de la economía (o si quiere, la <<transnacionalización>> en este caso) en la medida que dificulta los pagos al capital extranjero y el crecimiento de las importaciones y los créditos, evidentemente pueden paliar la disociación, pero su naturaleza dinámica sugiere que sólo un cambio en la estructura de relacionamiento externo de esas empresas - en el sentido de incrementar su vocación exportadora- podría restablecer una sincronía manejable de las tendencias en pugna, si ellas, claro está, van a seguir jugando un papel tan decisivo como en el pasado reciente.
Sea como fuere, la mutuación destacada parece implicar que, en el segundo período histórico considerado, las empresas o inversiones extranjeras, más que contribuir al despliegue y cambio de la división internacional del trabajo, coadyudaron a profundizar las divisiones nacionales del mismo, esto es, dentro de cada país, expresadas en los desplazamientos de la mano de obra y del capital entre y dentro de los sectores productivos. Por supuesto que otra sería la perspectiva si olvidáramos los marcos nacionales y tuviéramos como referencia un sistema mundial unificado. Desde este ángulo, aquella transformación hacia adentro tendría un sentido equivalente al de la división internacional del trabajo en su acepción corriente.
Este cuadro se altera profundamente en el período posterior a 1945. A medida que la inversión extranjera abandona o es desalojada de las exportaciones básicas y se va concentrando en la industria y en otras actividades, se <<internaliza>> en un grado más o menos significativo, pero sin duda mayor que en el pasado. La razón básica, de este hecho, como bien se sabe, es que las empresas pasan a depender del mercado interno para su rentabilidad y expansión, aunque continuán subordinadas al exterior por diversos conductos (importaciones de insumos y de capital, supeditación tecnológica, financieros, etc.). Por otro lado y según sean los poderes de negociación, esto estuvo acompañado de una ampliación del radio de maniobra de las políticas nacionales e incluso la emergencia de nuevas formas de vinculación con las empresas transnacionales (47).
Esa <<internalización>> tiene múltiples consecuencias importantes. Una de ellas es la mayor irradiación de sus efectos sobre las sociedades que las acogen, y que van desde la intensificación y extensión del efecto demostración y la consiguiente reproducción de las pautas de consumo de los centros transmisores hasta los reflejos sociales y políticos. Como se ha argumentado convinventemente, todos ellos han acrecentado la capacidad de cooptación de la presencia extranjera, lo que envuelve a estamentos políticos, empresariales y también de asalariados, sin contar a la población que se incorpora (o tiene la esperanza de lograrlo) al mercado de bienes de consumo característico del proceso. Paradójicamente, en consecuencia, aquella <<internalización>> deviene un resorte activador de las tendencias a la internacionalización antes comentadas.
Sin perjuicio de lo anotado, es patente que esos impulsos se contraponen con otros muy poderosos en la dirección contraria, o sea de la exclusión absoluta o relativa (y por ende conflictiva) de una parte considerable de la población periférica, variando las proporciones según las situaciones particulares de los países, como numerosos estudios han demostrado fehacientemente (48).
No hay posibilidad aquí de profundizar este tema de tanta transcendencia, pero forzoso es detenerse en una manifestación que pertenece al campo de lo nuevo en el asunto, y que tiene particular relieve para la discusión central.
Si vamos directamente a su médula cabe recordar la inequívoca vocación exportadora del esquema pretérito de inversiones, que tenía como contrapartida - y permitía - el flujo en sentido contrario representado por las importaciones y los servicios del capital extranjero.
Las nuevas circunstancias y básicamente aquella <<internalización>> mencionada, modificaron en forma radical ese circuito. transformadas las empresas internacionales en protagonistas principales de la llamada segunda fase de la industrialización sustitutiva (que sólo toma cuerpo, dicho sea de paso, en los países mayores de América Latina), la vocación importadora reempleza a la antigua inclinación exportadora.
Algunos antecedentes selectivos permiten ilustrar dicho fenómeno, si bien los mismos se refieren a los cambios posteriores de 1950; así y todo, evidencian la mutación ocurrida en el período dentro del marco general de desarrollo hacia adentro.
Si se comparan,por ejemplo, las tasas de crecimiento del producto interno y las de las importaciones de América Latina en el período 1950-1960 con las de 1965-1974 (véase el cuadro 7), se verificará que en el segundo se eleva sustancialmente la correspondiente a las importaciones frente a una expansión relativamente moderada del producto. La evoluvión se repite con mayor fuerza en los países grandes, donde se concentra la segunda etapa de sustitución, ya que el ritmo de incremento de las compras al exterior se cuadruplica.
CUADRO 7
AMERICA LATINA: TASAS DE CRECIMIENTO DEL PRODUCTO INTERNO
Y DE LAS IMPORTACIONES
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Países grandes
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1950-1960 1965-1974 1950-1960 1965-1974
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Producto interno ... ... ... ... ... ... 5,2 6,7 5,4 7,5
Importaciones ... ... ... ... ... ... ... 5,5 9,4 2,8 12,2
Exportaciones ... ... ... ... ... ... ... 4,0 4,6 3,1 6,2
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Fuente: CEPAL, Tendencias y perpectivas a largo plazo del desarrollo de América Latina (E/CEPAL/1076), documento presentado al XVIII período de sesiones, Bolivia, 1979.
Como es natural, esas disparidades no obedecen exclusivamente al fenómeno privilegiado. También influye, por cuenta propia, la ampliación de las transacciones mundiales y la relativa mejoría de los términos de intercambio que acontece en el segundo período (1965-1974). Sin embargo, nótese bien las tasas medias de expansión de las exportaciones son similares en ambos períodos para la región, qunque se incrementan apreciablemente para los países mayores, en gran medida por el comportamiento del Brasil. El endeudamiento externo, en consecuencia, tiene una importancia sobresaliente para la disociación en la cadencia de ambas corrientes.
La cuestión se ilumina si atendemos a cifras fragmentarias sobre las relaciones exportaciones-importaciones (y pagos financieros) en el caso brasileño, donde los fenómenos comentados se presentan con más vigor e inciden sensiblemente los conjuntos escogidos.
Un estudio realizado realizado por el Ministerio de Planificación de ese país, que se refiere a 1974 y a 115 de las principales empresas transnacionales, puso de manifiesto que el balance comercial de las mismas arrojó un saldo negativo de 2.161 millones de dolares (49), que sbe a 2.412 millones en la cuenta corriente (esto es, considerando los pagos por servicios), y que se fija en 1.731 si se consideran las inversiones y préstamos del moviemiento de cápitales. Desde el ángulo de la cuenta corriente, aquel balance equivale a la tercera parte del déficit acusado en ese año 1974 (7.286 millones) (50).
Innecesario parece destacar la transcendencia del viraje estructural de las proyecciones internas y externas de la actividad de esas corporaciones. Desde luego plantea una contradicción manifiesta entre la necesidad de divisas y los efectos <<hacia adentro>>, sobre el nivel y composición de la demanda nacional, que acicatea las importaciones. Por otro lado, implica un obstáculo evidente para el curso de la internacionalización de la economía (o si quiere, la <<transnacionalización>> en este caso) en la medida que dificulta los pagos al capital extranjero y el crecimiento de las importaciones y los créditos, evidentemente pueden paliar la disociación, pero su naturaleza dinámica sugiere que sólo un cambio en la estructura de relacionamiento externo de esas empresas - en el sentido de incrementar su vocación exportadora- podría restablecer una sincronía manejable de las tendencias en pugna, si ellas, claro está, van a seguir jugando un papel tan decisivo como en el pasado reciente.
Sea como fuere, la mutuación destacada parece implicar que, en el segundo período histórico considerado, las empresas o inversiones extranjeras, más que contribuir al despliegue y cambio de la división internacional del trabajo, coadyudaron a profundizar las divisiones nacionales del mismo, esto es, dentro de cada país, expresadas en los desplazamientos de la mano de obra y del capital entre y dentro de los sectores productivos. Por supuesto que otra sería la perspectiva si olvidáramos los marcos nacionales y tuviéramos como referencia un sistema mundial unificado. Desde este ángulo, aquella transformación hacia adentro tendría un sentido equivalente al de la división internacional del trabajo en su acepción corriente.